Cuba, el fin de lo peculiar

Cubans walk and cycle on a street during a national blackout in Havana, Cuba, on September 10, 2025. © Yamil Lage/AFP/Getty

Este ensayo se puede leer en inglés aquí.

1.

Las profundas, a veces casi incomprensibles peculiaridades de la sociedad cubana son uno de los más complicados retos que enfrento como escritor de unas ficciones que, en lo fundamental, desarrollan sus argumentos en la Cuba contemporánea y se proponen reflejar los conflictos que se generan en esa realidad que, en ocasiones, se hace difícil de decodificar incluso para los que la habitamos. Y es que, como se sabe —o debería saberse —, la literatura se dedica a reflejar, no a explicar. Esa es la distancia que media entre connotar y denotar —que Ernest Hemingway manejó como nadie, y lo pueden comprobar si releen, por ejemplo, su inquietante relato Cat in the Rain”—, y es en la condición connotativa en la que radica la capacidad sobre la cual se asienta el valor universal del arte y su posibilidad de trascendencia más allá de un lugar o momento específico.

Ahora bien: mi problema como escritor es que, al referirme a un contexto tan peculiar como el cubano de las últimas décadas —mi espacio temporal y factual de vida y, además, de interés creador— constantemente tropiezo con procesos y fenómenos que precisan una explicación para ser comprendidos por cualquier lector que no haya vivido directamente la realidad histórica y cotidiana de un país de sistema socialista y sus múltiples connotaciones sociales y, por supuesto, existenciales (individuales), y por ello le falte una muy precisa información contextual que puede exigirnos determinadas denotaciones explicativas que ayuden a transparentar conflictos sociales y respuestas personales. Un reto estético que implica buscar soluciones literarias para hacer transparente, si es posible con conexiones universales, aspectos muy intrincados de un contexto doméstico en ocasiones tan particular.

Valga un ejemplo: ser pobre en Cuba. Hasta hace unos años la posible pobreza cubana se distinguía de la pobreza sistémica que padecen otras muchas sociedades latinoamericanas, en las que la realidad opera con dolorosa simpleza aritmética: si tienes, puedes; si no tienes, eres pobre. Y es que en Cuba ciertos beneficios sociales habían salvado a muchos ciudadanos de la situación de precariedad que ya hoy padecen ante el deterioro de diversas prestaciones y beneficios propios de los sistemas políticos socialistas.

El año pasado la especialista cubana Mayra Espina Prieto calculaba que en el país entre un 40 y un 45% de la población sufría de pobreza de ingresos, no podía satisfacer sus necesidades básicas con sus salarios o pensiones. Hoy, en Cuba la estructura sistémica no cambió, sin embargo, la mayoría de los alimentos y artículos de aseo personal ya no se adquieren por la cuota normada subsidiada (la llamada libreta de abastecimientos, que en sí misma reclamaría su propia explicación) sino que deben comprarse a precios de mercado. La mayoría de la población sigue recibiendo salarios estatales que promedian los 7,000 pesos cubanos, mientras que un paquete de 30 huevos tiene un precio de 3,000 pesos en el único mercado que lo expende, el privado. Esta trama social y económica que se proclama socialista e igualitaria reclama algunas explicaciones que comprometen la tarea del escritor cuando aborda un fenómeno como este en su obra. Por eso, agobiado por semejantes conflictos pero rehuyendo ser explícito, y eluyendo la facilidad del panfleto propagandístico, en algún momento he optado por la solución mística: “el milagro cubano es que los cubanos viven de milagro”.

Y súmese a la peculiaridad cubana que la condición de vivir y escribir en Cuba entraña de por sí un desafío no solo por el hecho de lidiar con muchas peculiaridades, que pueden ir desde las formas de conseguir alimentos hasta los espacios de expresión artística o de debates sociales que son cuestiones con las que lidiamos cotidianamente, sino también por las condiciones materiales, como apagones, desde los que se realiza esa labor creativa. Escribir nunca ha sido fácil, como supuestamente decía Hemingway, y realizarlo bajo condiciones excepcionales complica mucho más la labor, incluso cuando en un mundo cada vez más global las realidades tienden a calcarse. Incluso en Cuba.

2.

Mi novela El hombre que amaba a los perros es quizás mi trabajo de mayor recorrido universal, con muchas traducciones y varios premios. Publicada en 2009, es una obra en la cual, a través de la trama que llevó al asesinato de León Trotski en México, en 1940, me acerco a un proceso mayor y más trascendente, que es el de la perversión de la gran utopía igualitaria del siglo XX a través de su comportamiento en las sociedades socialistas. Y sobre ese libro y sus propósitos conceptuales he dicho que es una novela que, escrita por un autor español, mexicano, o argentino, posiblemente hubiera podido tener mayor calidad literaria, pero sería definitivamente diferente, pues le habría faltado una experiencia vital básica e insustituible: la de haber vivido en una sociedad de socialismo real, cargada de singularidades sistémicas.

Esa condición implica una serie de coyunturas contextuales bastante intrincadas (y muy peculiares) que suelen escapar de las generalizaciones y crean relaciones culturales, sociales, económicas y políticas de una densidad muy especial que, en muchos aspectos, requieren una indispensable explicación.

Una de ellas, que afecta directamente el trabajo del escritor es la política cultural propia de los países de régimen socialista. En el caso cubano, la revolución de Fidel Castro que había triunfado en 1959, declara su carácter socialista en 1961, el mismo año en que, durante un encuentro con artistas cubanos, el líder revolucionario pronunció su discurso conocido como “Palabras a los intelectuales”. En esa intervención se definió desde entonces y hasta hoy la política cultural del país con una frase que la transparenta con la mayor claridad: “Dentro la Revolución todo, contra la Revolución nada”, la cual marcó desde entonces y hasta hoy el espacio de la creación artística de la nación.

¿Cómo escribir con ese condicionamiento político que permea lo estético? ¿Cuáles son los límites de lo políticamente admisible y cuándo se llega a lo no admisible y, por ello, censurable? ¿Se publicaría por una editorial del país, que pertenece al Estado, un texto que critique políticas de ese gobierno? Esta peculiar condición creativa, que pone ciertos imprecisos, aunque a la vez concretos, límites a la libertad de expresión del artista, ha sido el punto desde el cual se puede o no reflejar lo peculiar, pero que en sí mismo ya es una cuestión que resulta tremendamente diferenciadora y difícil de asimilar para quienes, en otros ámbitos sociales, no la padecen en sus labores creativas. Las realidades cubanas, muy permeadas por la política, pueden tentar al escritor a ser más explícito en sus mensajes, o sea, a revelar más que a sugerir, a explicar en lugar de dramatizar.

Por supuesto que para alguien que no vive bajo esas condiciones creativas puede resultar difícil de asimilar el modo en que se han desarrollado los procesos artísticos cubanos a la largo de seis décadas. Por ejemplo, la función del miedo que lleva a la castrante práctica de la autocensura que se ha ejercido a destajo en el arte cubano. Porque para ser publicado, difundido, reconocido social y artísticamente es preciso hacerlo a través de instituciones culturales y medios de comunicación que pertenecen al Estado (gobierno, partido único). Crear bajo semejantes condiciones, ¿no es dolorosamente peculiar? ¿La profundidad del conflicto existencial que alberga esta situación social, política, económica y de pensamiento es comprensible fuera de nuestra mal oxigenada atmósfera local?

Leonardo Padura speaks at a novel writing conference in Havana, Cuba, on April 17, 2026. © Ernesto Mastrascusa/EPA/Shutterstock

3.

Para entender cómo se comportan las singularidades en ese panorama doméstico, que se manifiesta en la dramática realidad actual del país, sería preciso intentar decodificar las razones por las cuales la sociedad cubana ha llegado a sufrir una crisis económica y social que está superando niveles que nos podían parecer ya insuperables. Una serie de condiciones locales y foráneas han ido deteriorando el panorama social y económico del país. Literariamente, para representar esta situación he empleado la imagen del túnel: cuando el país entró en crisis, hace tres décadas, fue como transitar un túnel al final del cual podía haber una luz. Pero, desde hace unos años, esa luz que a veces parpadeaba se apagó y ahora mismo ya ni siquiera vemos las paredes del túnel. Es la oscuridad inescrutable del ciego, aunque no seamos ciegos.

Recordando que no soy economista ni sociólogo, sino apenas un ciudadano que vive, observa e intenta escribir los comportamientos de su entorno, puedo considerar que han sido dos factores, combinados, las causas principales de la actual precariedad económica y desespero social cubanos. De un lado la ineficiencia productiva que afecta su sistema económico, socialista y, por tal, centralizado; del otro, la política de embargo comercial y financiero estadounidense, que ya tiene más de sesenta años de existencia y que, en manos de la administración Trump, se ha intensificado hasta los niveles de asfixia que ahora se aplican desde Washington.

Sobre el embargo poco nuevo hay que decir: existe y funciona desde 1962 y su acción, que se vio incrementada en los momentos más críticos de los años de 1990, apenas ha tenido alivios puntuales, como los propiciados por la administración Obama. Pero el primer mandato de Trump cortó de raíz esa situación y devolvió las relaciones a niveles propios de los tiempos de la Guerra Fría. Así, desde la retórica y la diplomacia, todo entró en estado de confrontación y resultó especialmente eficaz la colocación de la isla en la lista estadounidense de países que no luchan suficientemente contra el terrorismo, medida que genera diversas consecuencias económicas. Y ahora, con su regreso a la Casa Blanca desde 2025, Trump ha puesto más leña en ese fuego y, además, establecido incluso un bloqueo petrolero que ha inyectado más dramatismo a la ya precaria situación social y económica cubana, abocándola a una crisis humanitaria.

4.

Sobre el modelo económico socialista que el gobierno cubano ha optado por mantener habría mucho más que decir, pero siempre partiendo de un hecho que hemos vivido: sus altos niveles de ineficiencia y los bajos de su productividad.

La crisis que se abre en los años de 1990, el llamado “período especial en tiempos de paz”, se destapó con el fin de las subvenciones soviéticas y recorrió todos los sectores de la sociedad. Fueron unos años de indecibles carencias que tuvieron una expansión horizontal porque afectaron a todos (o casi) los miembros de la sociedad y dejaron más o menos intacta la trama social homogénea propia de los sistemas socialistas, condición que hacía diferente la crisis cubana.

En esos momentos se adoptaron algunas medidas que ayudaron a paliar la situación. Entre ellas la apuesta económica por el desarrollo de la industria turística y la posibilidad de que los ciudadanos cubanos pudieran ejercer algunas actividades económicas de forma privada. Pero solo en el 2008 cuando el general Raúl Castro toma las riendas del país por la enfermedad de su hermano Fidel, se introducen toda una serie de medidas que, en esencia, se proponen, por un lado, “actualizar el modelo económico cubano” y, por otro, sanear la economía con la eliminación de subvenciones y “gratuidades indebidas”.

Varios de los cambios introducidos en esa etapa tendrían efectos visibles en la sociedad. Entre ellos anotaría la posibilidad, vedada hasta entonces y muy trascendente, de que los ciudadanos cubanos, como los de muchas partes del mundo, al fin pudieran obtener un pasaporte y la posibilidad de viajar a donde los acogieran; y, por supuesto, el inicio de una apertura digital en un país donde, hasta entonces (finales de la primera década del siglo), los ciudadanos nacionales no tenían derecho a contratar una línea de telefonía celular. Así, mientras el mundo avanzaba por los senderos tecnológicos del siglo XXI, los cubanos, por decisiones políticas, llegaban tarde y mal a sus prácticas y beneficios y, en ciertos sentidos, siguieron anclados en la centuria anterior.

En ese período se introdujo una visión más pragmática del funcionamiento de la economía, pero, en esencia, pocas transformaciones radicales. La política de que los cambios se harían “sin prisa pero sin pausa” derivó en ninguna prisa y largas pausas, lo cual respondía a la percepción de que grandes transformaciones económicas pueden atraer alteraciones políticas y esa posibilidad no estaba en juego. Sin embargo, algo importante ocurría en la sociedad cubana: el Estado protector, que ya no era capaz de mantener una trama de igualdades, empezaba a desentenderse de muchas necesidades de los ciudadanos, quienes ahora debían valerse por sí mismos, como en muchas partes del mundo. Dentro de lo peculiar, empezábamos a serlo menos. Aunque con unas peculiaridades trascendentes: se movía el plano socio-económico, pero no el político y, por ello, los mecanismos de control propios de los estados socialistas seguirían gravitando como la industria eficiente que siempre han sido en los países de esta filiación política. Y ese funcionamiento también actúa sobre la creación artística, en buena parte incluso la determina (no olviden el miedo), pues decide qué se difunde, qué se promueve en un peculiar universo cultural.

5.

Los años del llamado “deshielo” de Barack Obama provocaron múltiples reacciones en la sociedad del país, y la más importante fue que la gente sintió que las cosas podían mejorar. Los cubanos recuperaban esperanzas. Había luz al final del túnel.

¿Qué hubiera ocurrido si la nueva relación abierta en esos momentos hubiera durado unos años? ¿Cuba habría cambiado y sería hoy una más de las sociedades latinoamericanas plagadas de conflictos bastante comunes? Esas y otras muchas preguntas nos las hemos hecho miles de veces. Y también se las hicieron los gobernantes cubanos, obviamente. Y la primera respuesta a la posibilidad de la existencia de ciertos escenarios de transformaciones no controladas la dio desde su retiro el propio Fidel Castro cuando expresó su indignación por el discurso hecho en La Habana por Obama durante su visita a la isla en 2016, al que catalogó, más o menos, de imperialista, reacción que fue refrendada y sostenida por diversas voces oficiosas.

Si ese era un camino hacia un cambio de condiciones y relaciones, Cuba, cuando menos, le entornaba las puertas. De cerrarlas se encargaría Donald Trump apenas entró en la Casa Blanca.

Quizás en ese 2017 se pueda fechar el inicio de la policrisis que sacude a Cuba, hasta hoy y nadie sabe hasta cuándo. Las medidas tomadas por el gobierno de Trump para recrudecer el embargo y agobiar a la isla tuvieron muchos efectos. Y, en medio de esa coyuntura ya de por sí crítica, a inicios de 2020 se produjo la irrupción de la pandemia que provocó las consecuencias económicas previsibles, como las que implicaría en la industria turística el cierre de fronteras, que dejaba al país sin su principal fuente de ingresos en moneda dura.

Superada la pandemia y con la llegada del demócrata Joe Biden a la Casa Blanca se pensó que la relación con el vecino del norte podría mejorar pero, en esencia, nada cambió respecto al panorama creado por Trump. El efecto más notable vivido en Cuba durante los años de Biden fue la flexibilización y ampliación de los mecanismos de entrada de cubanos en territorio estadounidense. El resultado fue una crisis migratoria que en cuatro años permitió que abandonaran el país más de un millón doscientos mil ciudadanos, o sea, la décima parte de su población. Una corriente que no se ha cerrado.

Esta diáspora, que se sumaba a una ola migratoria que nunca ha dejado de correr, puede leerse como la respuesta de un país a una situación crítica para la cual solo se encontraban soluciones individuales ante la falta de perspectivas colectivas. Y a la alta cifra de migrantes habría que marcarle un asterisco: de Cuba, por una u otra vía, salieron quienes pudieron, no todos los que habrían querido salir, y esa diferencia suele tener razones esencialmente económicas. Para migrar transitando la llamada “ruta de los coyotes” por Centroamérica y México había que pagar alrededor de diez mil dólares por persona. Mientras, para acceder a uno de los programas de visas parole era preciso tener un benefactor en territorio estadounidense que respaldara el trámite.

Pero quizás lo que más singulariza a esa ola migratoria (más dosis de peculiaridad) es la calidad de los migrantes. A diferencia de quienes parten de países como Honduras, Guatemala y el mismo México que, en su mayoría, son los más pobres en sus respectivas sociedades, los viajeros cubanos tienen algunas características propias que los singularizan: un alto nivel escolar (profesionales universitarios en muchos casos), una solvencia económica o familiar que les permite o facilita el tránsito y la existencia de un fin en sus mentes: irse, instalarse, progresar y nunca pensar en la posibilidad de volver atrás, pues, apenas salen, legalmente se quedan sin derechos. Como he escrito en mi novela Como polvo en el viento (2020), es una migración notablemente culta, movida por presiones económicas pero con razones políticas que van a permear sus perspectivas y sus discursos. Unos migrantes que, por lo demás, empobrecen la capacidad profesional del país e, incluso, por su juventud, van a afectar demográficamente una sociedad cada vez más envejecida.

6.

Dentro de la isla las cosas no mejoraban, al contrario.

Abriendo el año 2021 se unificaron los tipos de cambio y las paralelas monedas legales en curso (otro dolor de cabeza para entenderlo), lo cual era una medida económica y financieramente necesaria pero que por la debilidad económica del país provocó efectos que eran previsibles: pérdida de valor de la moneda nacional, una inflación galopante, aumento vertiginoso del precio de bienes y servicios y, por supuesto, el empobrecimiento de amplios sectores de la población, en especial esos que devengan salarios estatales o reciben pensiones más que insuficientes, como antes he anotado.

Los apagones de largas horas, provocados por el estado obsoleto de las termoeléctricas y la falta de combustible, el costo de la vida y la falta de insumos de todo tipo propiciaron un panorama agobiante. Y en julio de 2021 se produjo una explosión social en varias ciudades del país, una reacción social bastante inusual en un país donde existen fuertes mecanismos de control y vigilancia. Pero hastiados, un sector de la ciudadanía se lanzó a las calles y la respuesta del gobierno fue contundente: se dio “la orden de combate” contra los manifestantes. Quizás más drástica que la represión física fue la respuesta judicial que se concretó cuando muchos manifestantes, acusados de delitos como sedición, fueron condenados a penas de cárcel que superaban los diez años. Con esa reacción el gobierno cubano, además de un castigo, ofrecía, sobre todo, una lección a quienes en un futuro (este presente, por ejemplo) optaran por la manifestación pública de sus inconformidades. Y, por supuesto, esta trama explica que hoy, en condiciones incluso más difíciles que las del 2021, no haya habido las muchas protestas callejeras que podrían estar esperando del otro lado del Estrecho de La Florida para propiciar, tal vez, una intervención “humanitaria”.  Porque así funcionan las cosas en Cuba y no resulta fácil entenderlo sin un conocimiento de un contexto tan específico.

El regreso de Trump a la Casa Blanca en 2025 significó la aplicación de la política de máxima presión que comenzó con la reinstalación de Cuba en la lista de países patrocinadores del terrorismo y, a finales de enero de este año —menos de un mes después de la captura de Nicolás Maduro—, sumó el decreto de un bloqueo energético por la vía de amenazar con aranceles al país que le vendiera petróleo a la isla —que ya no contaría con los envíos venezolanos. Y, como complemento, la amenaza de tomar otras medidas que pudieran llegar a las acciones militares, a las que se refiere periódicamente. De hecho se ha sometido al país a niveles de asfixia que podrían fomentar el caos en el país. Tal vez sería entonces el momento de “tomar” a Cuba, como ha dicho Trump.

La situación en curso ha provocado que el gobierno cubano haya tomado medidas importantes, algunas de ellas dilatadas en el tiempo, como la mayor apertura a unas posibles inversiones extranjeras en muy diversos sectores económicos, hasta por cubanos residentes en el exterior, incluidos los afincados en Estados Unidos.

Y en medio de este complicadísimo panorama ya se habla de que los gobiernos de Washington y La Habana han establecido un diálogo.

La verdad es que, al menos a mí, me resulta complicado imaginar esas conversaciones entre dos contendientes que parten de posiciones tan opuestas y sostenidas con firmeza. Mientras el gobierno cubano accede a dialogar sin que se comprometan la soberanía del país y el carácter de su sistema político, del otro lado el Departamento de Estado y Marco Rubio —que asume el caso cubano como una cuestión personal y, por supuesto, electoral— piden transformaciones económicas radicales y, por supuesto, cambios del sistema político del país vecino, considerado por su gobierno como “una amenaza inusual a la seguridad nacional de Estados Unidos”. Pero de algo parece que se dialoga. ¿Buscando quizás una figura como la venezolana Delcy Rodríguez?

7.

Muchas de las peculiaridades cubanas con las que debo lidiar como escritor se siguen sosteniendo. Por eso uno de mis personajes declara que estamos viviendo en una distopía, en la que casi todo funciona con lógicas descentradas. Sin embargo, muchas otras singularidades se han ido desgastando. Lentamente Cuba ha comenzado a convertirse en otra cosa: cada vez queda menos del igualitarismo social, crece la pobreza a unos niveles muy parecidos a los de otras sociedades, la gente huye de la precariedad y la falta de perspectivas, las redes sociales se han vuelto influyentes y la gente vive en medio de una incertidumbre respecto al futuro que es también global. Pero la estructura socio-política del país se mantiene inalterada aun en medio de las presiones exógenas que afectan profundamente a un país colocado en la mira de sus ambiciones por la economía y el aparato militar más potentes del mundo.

Y la pregunta millonaria es: ¿qué va a pasar en esa Cuba tan díscola, distinta, peculiar…?  Ahora mismo, sobre la mesa, están muy diversos panoramas. Como ya he dicho en otras ocasiones, el abanico va desde que cambie todo para que no cambie nada (la estrategia política de El Gatopardo) hasta una devastadora acción militar que puede intentar ser al estilo de lo ocurrido en Venezuela o al de lo que ocurre en Irán.

Predecir ese futuro más que un ejercicio complicado —como lidiar literariamente con las viejas y nuevas peculiaridades cubanas—, me resulta imposible. Pero de lo que estoy convencido es de que Cuba debe cambiar, más aún, tiene que cambiar, pero no porque al país lo presionen desde fuera o porque ahora estemos al borde de la asfixia económica. Cuba debe cambiar porque los cubanos lo necesitan, lo merecen, para que el país no siga perdiendo a sus jóvenes que emigran hacia cualquier parte, y para que —entre otras muchas necesidades— sus ancianos no vivan en la pobreza de un presente que, alguna vez, hace años, mientras trabajaban y se sacrificaban, se les dibujó en el aire como un futuro mejor. Y ya llegará el momento de escribir sobre esas posibles realidades cubanas, quizás ya no tan peculiares… ¿o sí? El mañana dirá.

La Habana, 9 de mayo 2026


Leonardo Padura es escritor y periodista cubano. Es autor de catorce novelas, y fue reconocido con premios como el Princesa de Asturias de las Letras 2015, Premio Nacional de Literatura de Cuba 2012, Orden de las Letras de Francia 2014.

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